Proclamación de la Segunda República, Gobierno Provisional y Constitución de 1931. El Sufragio Femenino
Tras la dimisión de Berenguer, Alfonso XIII encargó formar gobierno al almirante Aznar, quien convocó elecciones municipales para el 12 de abril de 1931. Aunque la mayoría de los concejales electos eran monárquicos, los republicanos triunfaron en las capitales de provincia, donde el sufragio era más libre. Ante estos resultados, el 13 de abril el rey publicó un manifiesto anunciando su retirada y, al día siguiente, se proclamó la II República en medio de grandes celebraciones. Esa misma noche, Alfonso XIII abandonó España.
El gobierno provisional, presidido por Alcalá Zamora, reunía a republicanos de diversas tendencias junto con nacionalistas catalanes y gallegos. Su objetivo era consolidar la República y modernizar el país. Sin embargo, el mismo 14 de abril, Francesc Macià proclamó la República Catalana, lo que obligó al gobierno a negociar con él y comprometerse a buscar una solución para la autonomía catalana.
Durante los primeros meses, el gobierno aprobó diversas medidas legislativas. En el ámbito rural, se mejoraron las condiciones laborales de los campesinos. En el ejército, se exigió fidelidad a la República y se permitió el retiro voluntario a quienes no lo aceptaran, además de cerrarse la Academia Militar de Zaragoza, dirigida por Francisco Franco. En educación, se crearon plazas de maestros, se construyeron escuelas y se impulsó el Patronato de Misiones Pedagógicas para la educación de adultos. Las relaciones con la Iglesia se tornaron tensas por las políticas laicistas, lo que desembocó en la quema de conventos en mayo.
Las elecciones a Cortes Constituyentes de junio de 1931, con una participación del 70%, dieron la victoria a la conjunción republicano-socialista. El PSOE fue el partido más votado, seguido del Partido Radical de Lerroux. También obtuvieron representación Acción Republicana de Azaña y los partidos nacionalistas catalanes y vascos, mientras que los antiguos partidos monárquicos sufrieron una aplastante derrota. Se formó un nuevo gobierno presidido por Alcalá Zamora, con el encargo de redactar una nueva Constitución.
La Constitución de 1931 definió a España como una “República democrática de trabajadores de toda clase” y estableció la soberanía popular con sufragio universal, incluyendo a las mujeres. Se garantizó la separación de poderes, con un sistema unicameral y un presidente de la República elegido cada seis años por el Parlamento. Se reconocieron derechos como la libertad de expresión, el derecho al trabajo y a la educación, el matrimonio civil, el divorcio y la equiparación de derechos para los hijos legítimos e ilegítimos. España se convirtió en un Estado laico, suprimiéndose la financiación pública de la Iglesia, aunque se garantizaba la libertad religiosa. Además, se permitió a las regiones elaborar estatutos de autonomía.
Aprobada en diciembre de 1931, la Constitución dio paso al primer gobierno constitucional, presidido por Manuel Azaña con una mayoría de izquierdas, mientras que Alcalá Zamora asumió la presidencia de la República.
Uno de los debates más importantes de este periodo fue el del sufragio femenino. Clara Campoamor, diputada del Partido Radical, defendió que la República no podía considerarse verdaderamente democrática si negaba el derecho al voto a las mujeres. Enfrente tenía a Victoria Kent, del Partido Radical Socialista, quien, aunque feminista, consideraba que las mujeres aún no estaban preparadas para votar, pues su influencia religiosa las inclinaría hacia opciones conservadoras. Campoamor desmontó estos argumentos, apelando a la igualdad de derechos y demostrando que el analfabetismo era mayor entre los hombres, lo que los hacía más manipulables.
El 1 de octubre de 1931, las Cortes aprobaron el voto femenino con 161 votos a favor, 121 en contra y 188 abstenciones. En las elecciones de 1933, la derecha obtuvo la victoria, lo que muchos atribuyeron al nuevo electorado femenino. Sin embargo, en 1936 las mujeres volvieron a votar y ganó la izquierda. A pesar de su papel clave en la lucha por la igualdad, ni Campoamor ni Kent fueron reelegidas en 1933. No obstante, la participación femenina en política se consolidó en la República, y en 1936, Federica Montseny se convirtió en la primera ministra de España y de Europa.
El Bienio Reformista: Reformas Estructurales, Política Territorial y Realizaciones Sociales y Culturales. Reacciones desde los Diversos Posicionamientos
Tras la proclamación de la Segunda República y la aprobación de la Constitución de 1931, se formó el primer gobierno constitucional, presidido por Manuel Azaña, mientras que Alcalá Zamora asumió la presidencia de la República. Este periodo, conocido como el Bienio Reformista (1931-1933), estuvo marcado por un ambicioso programa de reformas destinadas a modernizar el país, aunque encontraron una fuerte oposición tanto desde la derecha como desde la izquierda.
En el ámbito laboral, el ministro Largo Caballero impulsó la Ley de Contratos de Trabajo y la creación de los Jurados Mixtos, que mediaban en conflictos entre patronal y trabajadores. Sin embargo, la CNT rechazó estas medidas y promovió huelgas revolucionarias, lo que generó inquietud en las clases medias y la oposición de los empresarios. La reforma militar, liderada por Azaña, redujo el número de oficiales y creó la Guardia de Asalto, un cuerpo de seguridad fiel a la República. Muchos militares vieron estas medidas como un ataque y comenzaron a simpatizar con posturas autoritarias.
La cuestión autonómica fue otro punto clave del gobierno. La Constitución permitía la creación de comunidades autónomas, y en 1932 Cataluña obtuvo su Estatuto de Autonomía, quedando la Generalitat bajo el liderazgo de Francesc Macià. Sin embargo, el País Vasco no logró la aprobación de su estatuto debido a la oposición de las fuerzas de izquierda, que lo consideraban demasiado conservador. En Galicia, el proyecto autonómico fue aprobado, pero la Guerra Civil impidió su puesta en marcha.
La educación fue una prioridad del gobierno, inspirado en la Institución Libre de Enseñanza. Se construyeron miles de escuelas, se mejoraron los salarios de los maestros y se prohibió la enseñanza a las órdenes religiosas, apostando por una educación pública y laica. En el ámbito cultural, la República promovió la investigación y el arte, destacando figuras como Ortega y Gasset, Eugenio d’Ors, Gregorio Marañón y la Generación del 27, con escritores como Lorca, Alberti y Aleixandre. También se impulsó la presencia de mujeres en la cultura y la política, con figuras como María Zambrano y Carmen Conde.
En cuanto a la reforma religiosa, la Constitución de 1931 estableció la aconfesionalidad del Estado y se tomaron medidas como la disolución de la Compañía de Jesús y la eliminación del presupuesto estatal para el clero. Estas reformas fueron interpretadas como un ataque frontal por la Iglesia y amplios sectores católicos, lo que generó una gran oposición.
Uno de los proyectos más ambiciosos fue la Reforma Agraria de 1932, que buscaba acabar con el latifundismo y mejorar la vida de los jornaleros. Se creó el Instituto de Reforma Agraria, encargado de expropiar tierras no cultivadas y repartirlas entre los campesinos. Sin embargo, la falta de recursos y la lentitud del proceso generaron frustración, especialmente entre los anarquistas, que llevaron a cabo ocupaciones de tierras.
Las reformas provocaron una fuerte reacción de los sectores más conservadores. La Iglesia, el Ejército, los grandes propietarios y partidos como la CEDA rechazaban el rumbo del gobierno. En 1932, el general Sanjurjo intentó un golpe de Estado que fracasó, pero reflejó la creciente radicalización de la derecha. Al mismo tiempo, la izquierda más radical, formada por anarquistas, comunistas y sectores socialistas, consideraba insuficientes las reformas y promovió huelgas y levantamientos, como la insurrección en la cuenca del Llobregat en 1933.
El desgaste del gobierno aumentó con la crisis provocada por la represión en Casas Viejas, donde la brutal respuesta del gobierno contra un levantamiento anarquista dañó su imagen. Finalmente, en septiembre de 1933, la ruptura entre el PSOE y Azaña llevó a su dimisión. Alcalá Zamora convocó elecciones en noviembre, en las que la derecha, unida en torno a la CEDA de Gil Robles, obtuvo la victoria, marcando el fin del Bienio Reformista.
El Bienio de la CEDA y del Partido Radical. El Frente Popular. Desórdenes Públicos. Violencia y Conflictos Sociales
Las elecciones de noviembre de 1933 marcaron un punto de inflexión en la Segunda República. Fueron los primeros comicios en los que las mujeres pudieron votar y dieron la victoria a la derecha. La CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), liderada por José María Gil Robles, obtuvo el mayor número de escaños, aunque sin mayoría absoluta. El Partido Radical, de Alejandro Lerroux, quedó en segundo lugar y se convirtió en una pieza clave para la formación del gobierno. Mientras tanto, la izquierda republicana y el PSOE sufrieron una gran derrota, en parte debido a la abstención promovida por los anarquistas y al sistema electoral que favorecía las coaliciones.
A pesar de la victoria de la CEDA, el presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, no le concedió el gobierno por considerar que sus postulados eran contrarios a la República. En su lugar, encargó a Alejandro Lerroux la formación de un gobierno apoyado por la CEDA desde el Parlamento. Así comenzó el Bienio Conservador (1933-1935), caracterizado por la paralización y, en algunos casos, la reversión de las reformas progresistas del primer bienio. La reforma agraria quedó prácticamente detenida, se frenó el proceso de descentralización autonómica y se permitió a la Iglesia recuperar parte de su influencia en la educación. Además, se endureció la represión contra los movimientos obreros y se desmantelaron algunas de las mejoras laborales conseguidas anteriormente.
El momento más crítico del Bienio Conservador llegó en octubre de 1934. Cuando Lerroux permitió la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno, la izquierda interpretó esta decisión como un paso hacia un régimen autoritario y reaccionó con una huelga general. En varias zonas del país, las protestas fueron reprimidas rápidamente, pero en Asturias la situación se convirtió en una auténtica revolución obrera. Los mineros, armados, consiguieron tomar varias localidades y resistieron durante dos semanas. La respuesta del gobierno fue contundente: envió al ejército, bajo el mando de Francisco Franco, y la represión fue brutal. En Cataluña, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, aprovechó la situación para proclamar el Estado Catalán dentro de la República, pero la sublevación fue sofocada en pocas horas y Companys, junto con su gobierno, fue encarcelado. En total, miles de personas fueron detenidas en toda España, incluyendo a dirigentes socialistas como Largo Caballero.
A partir de 1935, el gobierno radical-cedista comenzó a debilitarse debido a una serie de escándalos de corrupción, el más grave de ellos el caso del estraperlo, un fraude en el juego que salpicó a altos cargos del Partido Radical. La crisis política llevó a Alcalá Zamora a disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones para febrero de 1936.
Esta vez, la izquierda aprendió de sus errores y se presentó unida bajo el Frente Popular, una coalición de republicanos, socialistas y comunistas que prometía amnistía para los presos de 1934 y la reactivación de las reformas sociales. La derecha, en cambio, acudió dividida a las elecciones, lo que facilitó la victoria del Frente Popular.
El nuevo gobierno, presidido por Manuel Azaña, reinstauró el Estatuto de Autonomía de Cataluña y relanzó la reforma agraria, lo que provocó una oleada de ocupaciones de tierras por parte de jornaleros. Sin embargo, el ambiente político se volvió cada vez más violento: sectores de la izquierda radical promovían huelgas y disturbios, mientras que la extrema derecha respondía con atentados y conspiraciones. Entre los grupos más violentos destacaban Falange Española y los grupos paramilitares socialistas.
La tensión política alcanzó su punto máximo en julio de 1936. El asesinato del líder derechista José Calvo Sotelo a manos de miembros de las fuerzas de seguridad, en represalia por la muerte del teniente socialista José del Castillo, fue el detonante final. La derecha lo interpretó como una señal de que la República estaba fuera de control, y sectores del ejército que ya conspiraban contra el gobierno aceleraron sus planes.
El 17 y 18 de julio de 1936, parte del ejército se sublevó en Marruecos y varias regiones de la península. Aunque el golpe no triunfó en toda España, el país quedó dividido en dos bandos: los sublevados, que se autodenominaron “nacionales”, y los republicanos, que defendían el gobierno legítimo. La falta de un éxito inmediato del golpe de Estado llevó al inicio de la Guerra Civil Española.