Explorando la Literatura Española del Siglo XX: Modernismo, Vanguardias y la Generación del 27

Literatura de fin de siglo: la generación del 98 y el modernismo. La novela y el teatro anterior a 1936

Entre 1890 y 1914 se difunde en Europa el pensamiento irracionalista de Schopenhauer y el desarrollo del psicoanálisis. Sucesivas tensiones políticas provocan la Revolución Rusa y la I Guerra Mundial, a las que se sucede la crisis económica de 1929 y el desarrollo de los totalitarismos. En España el contexto histórico está marcado por la Restauración borbónica y el regeneracionismo, que busca fórmulas para afrontar los problemas del país, que no dejan de aumentar con la guerra de Cuba en 1898. Tras la dictadura de Primo de Rivera y la II República (1931), se inicia la guerra civil en 1936, con la que cambia radicalmente el panorama político y social español.

Tras el final del realismo, influencias europeas como el parnasianismo de Gautier y su idea del «arte por el arte» y el simbolismo de Baudelaire provocan en aquel momento de inconformismo, actitud vitalista la aparición el MODERNISMO, que se extenderá entre 1885 y 1915. El nuevo movimiento aglutinará los temas del escapismo de una realidad desagradable y que provoca una continua sensación de hastío, al mismo tiempo que los creadores defienden el cosmopolitismo y se detienen especialmente en la sensualidad, el erotismo y el decadentismo. De igual manera, sus ideas estéticas persiguen la belleza en sí misma con atención a lo sensitivo que provoca una musicalidad característica que se muestra en una métrica cada vez más libre. El nicaragüense Rubén Darío será considerado el padre del movimiento a partir de Azul (1888). Gracias a su labor diplomática, se difundirá por España con especial atención en Marquina, Villaespesa y Manuel Machado, imbuido en la línea parnasiana que deriva en el simbolismo: Alma (1900) y El mal poema (1909).

Por otro lado, la «GENERACIÓN DEL 98» es un grupo diferenciado de escritores españoles que siguen las claves modernistas adaptadas al contexto español y con temática específica: el interés social y político en la regeneración del país a través del paisaje castellano, el existencialismo y el tema de «las dos Españas». Estos serán los temas que vertebran la producción literaria de Miguel de Unamuno, que tanto en sus ensayos (En torno al casticismo, 1902) como en novelas (Niebla, 1914, o San Manuel Bueno, mártir, 1931) expone ese ideario preocupado por la esencia de la humanidad y el problema de la muerte. De igual manera, Azorín reflexiona sobre el paisaje castellano en Castilla (1912) y Pío Baroja recurre tanto a las ideas filosóficas y psicológicas como al dinamismo impresionista con un estilo sencillo (Camino de perfección, 1901 y La busca, 1904). Por otro lado, Antonio Machado comienza su labor literaria dentro de la estética modernista, cerca del estilo de Darío y su interés por el simbolismo (Soledades. Galerías. Otros poemas, 1907), para luego acercarse definitivamente a la sensibilidad noventayochista, y en Campos de Castilla (1912).

En cuanto a la NOVELA ANTERIOR A LA GUERRA CIVIL, los dos novelistas más destacados de la generación del 14 son Ramón Pérez de Ayala, cuya obra se caracteriza por constantes digresiones sobre filosofía, psicología, estética (Troteras y danzaderas, 1912); y Gabriel Miró con una novela descriptiva o formalista, caracterizada por una prosa elaborada y detallista. Destacan Las cerezas del cementerio (1909) y El obispo leproso (1926).

En el TEATRO PREVIO A 1936, se reconocen dos líneas principales: el teatro comercial (obras convencionales que responden a los gustos del público burgués y empresarios) y el teatro renovador (que se estrella contra las barreras comerciales con el planteamiento de problemas existenciales). En el primero se distinguen las comedias benaventinas, (Los intereses creados, 1907) el teatro poético de Francisco Villaespesa o Eduardo Marquina (Las hijas del Cid, 1908), el astracán de Pedro Muñoz Seca (La venganza de don Mendo, 1918), la tragicomedia grotesca de Carlos Arniches (La señorita de Trevélez, 1916), las comedias costumbristas de los Álvarez Quintero.

En el teatro menos popular destacan las figuras de Valle-Inclán y García Lorca: Valle-Inclán comienza su trayectoria dentro de una estética modernista, con El Marqués de Bradomín (1907), un donjuán decadente. Posteriormente desarrolla un ciclo mítico ambientado en una Galicia arcaica, violenta y patriarcal (Comedias bárbaras). Por último, su literatura evoluciona hasta el ciclo del esperpento con la deformación caricaturesca de la realidad (Luces de Bohemia, 1924).

Aparte de los intentos innovadores de Jacinto Grau (El señor de Pigmalión, 1921) o Rafael Alberti (El hombre deshabitado, 1931), el principal dramaturgo de la generación del 27 será Federico García Lorca. Su obra puede organizarse en las pertenecientes a la década de los años 20 de influencia simbolista (El maleficio de la mariposa, 1920 y Amor de don Perlimplín, 1924), teatro de vanguardia de los años 30, de gran hermetismo (Así que pasen cinco años, 1931 y El público, 1930), y las tragedias rurales de ambiente andaluz (Bodas de sangre, 1933, Yerma, 1934, La casa de Bernarda Alba, 1936).

El novecentismo y la generación del 14: el ensayo, la novela novecentista. Juan Ramón Jiménez

El periodo comprendido entre 1914 y 1925 engloba a todos aquellos autores posteriores a la Generación del 98 que se distancian de estos al querer renovar por completo la literatura. Esta nueva literatura supone una ruptura con el pasado —ramplonería del realismo, los excesos modernistas, el sentimentalismo romántico, la subjetividad del 98— y un giro a un tono más intelectual y menos subjetivo, propugnan un arte puro alejado de sentimientos personales, se concibe una nueva literatura desde el punto de vista más elitista, pues está realizado y pensado para minorías.

El novecentismo o generación del 14 está formada por un grupo de pensadores —liderados por Ortega y Gasset— nacidos en torno a 1880. Herederos del 98, plantean una nueva actitud ante el problema de España, sintetizada en los siguientes puntos:

  • apertura al mundo exterior (hacia Europa, en especial)
  • voluntad de modernizar el país
  • participación de los intelectuales en la vida pública.

Estéticamente proclaman la deshumanización de la obra de arte y el intelectualismo. Su sólida formación intelectual — frente a la bohemia de la generación del 98, autodidacta y anarquizante— explica muchas de estas características de los novecentistas.

El ENSAYO es el género preferido por la mayor parte de los miembros por tratarse de un instrumento divulgación ideológica. Entre los ensayistas destaca José Ortega y Gasset, filósofo, periodista y ensayista. Ortega escribió ensayos sobre los más variados temas. Expuso sus ideas estéticas en Ideas sobre la novela (1925) y La deshumanización del arte (1925), obra fundamental donde Ortega expone las características del nuevo arte de vanguardia: afán de originalidad, hermetismo, antirrealismo y autosuficiencia del arte. Otros ensayistas importantes son Eugenio d’Ors, Gregorio Marañón o Manuel Azaña.

La NOVELA novecentista deja la trama en un segundo plano y llena las obras de digresiones reflexivas al abandonar lo sentimental y las intenciones políticas y al esmerarse en el estilo pulcro que caracteriza esta generación. Los dos novelistas más destacados de la generación del 14 son Ramón Pérez de Ayala, cuya obra se caracteriza por constantes digresiones sobre filosofía, psicología, estética (Troteras y danzaderas, 1912); y Gabriel Miró con una novela descriptiva o formalista, caracterizada por una prosa elaborada y detallista, casi poética. Destacan Las cerezas del cementerio (1909) y El obispo leproso (1926).

En cuanto a la POESÍA, es de consideración especial el modelo poético de Juan Ramón Jiménez, que abrió camino con su poesía pura, en la que se aleja de los ropajes modernistas y de la carga sentimental y social para buscar un tipo de poesía sencilla con la que nombrar la esencia de las cosas. Concebía su obra siempre en marcha para retocarla hasta alcanzar la perfección deseada. Para él, la poesía no es solo la aspiración a la belleza, sino un medio de conocimiento y de alcanzar la plenitud personal a través de la depuración literaria. La primera etapa de su poesía es la «Etapa sensitiva»: hasta 1915 cultivó un estilo próximo al modernismo, de largos versos, sonoras rimas y lenguaje lujoso en Arias tristes (1903) o La soledad sonora (1908). Después llegará la «Etapa intelectual»: poesía de ideas, más que de sentimientos, dividida en plano real e imaginario. Se la denomina poesía desnuda, pura. Son poemas breves, en verso libre o sin rima, que tratan de expresar lo esencial de las cosas más cerca a la vanguardista. En su deseo de salvarse ante la muerte, se esfuerza por alcanzar la eternidad. Diario de un poeta recién casado (1917). Por último, la «Etapa última o verdadera»: poesía de carácter metafísico, hermética y personal, presidida por un Dios que a veces es la naturaleza y otras la conciencia del poeta. Dios deseado y deseante (1964).

En definitiva, podemos considerar el novecentismo como un movimiento inaugural de lo específico del siglo XX, quizá sin figuras de primer orden, salvo el inclasificable Juan Ramón, con más brillo por su esfuerzo teórico que por sus frutos literarios. A caballo entre el 98 y el 27, un poco oscurecido por ambas, sentó las bases de lo que será nuestra época contemporánea de 1927.

Las vanguardias en Europa, España e Hispanoamérica

El periodo comprendido entre 1914 y 1925 engloba a todos aquellos autores posteriores a la generación del 98 que se distancian de estos al querer renovar por completo la literatura. Esta nueva literatura supone una ruptura con el pasado —ramplonería del realismo, los excesos modernistas, el sentimentalismo romántico, la subjetividad del 98— y un giro a un tono más intelectual y menos subjetivo. Se busca un arte puro que huya de todo sentimentalismo, que cuida con precisión el estilo literario y se dirige principalmente a una minoría que puede comprender los juegos de ingenio, la frivolidad ocasional y el humor de las creaciones artísticas de la élite de creadores: universitarios europeístas que quieren romper con el pasado y defienden el valor de la obra en sí misma.

Las vanguardias son los movimientos artísticos que se producen en Europa entre 1914 y 1930 con la voluntad de experimentar y romper con lo tradicional en la literatura e innovar en la producción artística. Sus CARACTERÍSTICAS coinciden con las del novecentismo en la deshumanización y en la renovación; se dan a conocer a través de Manifiestos y surgen y desaparecen con rapidez debido a su intrínseco carácter innovador y a la experimentación constante de nuevas técnicas expresivas, a menudo por la vía de la excentricidad o la provocación.

Los principales ISMOS son el dadaísmo de Tristan Tzara, que provoca a través del absurdo y la mirada infantil, el expresionismo de Franz Kafka, caracterizado por la deformación y exageración de la realidad, el futurismo de Maiakovski, que reivindica los nuevos valores de la modernidad y se interesa por la civilización mecánica y técnica, el cubismo de Apollinaire, que se interesa por aportar nuevas perspectivas, que traslada al papel a través de caligramas; darán lugar al último y más complejo de todos los ismos, el surrealismo de André Breton, que se interesa por lo irracional a través de la investigación del subconsciente y los sueños, con predilección por el verso libre.

La llegada a España de las vanguardias tiene lugar entre 1910 y 1918 a través sobre todo de revistas como Revista de Occidente, fundada por Ortega y Gasset, y La Gaceta Literaria, creada por Giménez Caballero y Guillermo de Torre. Pero el máximo impulsor de las vanguardias en España fue Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) creador de las conocidas Greguerías, brevísimos e ingeniosos textos definidos como «humorismo+metáfora», por el importante papel que juega en ellos esta figura retórica. Brevedad, ingeniosidad, humorismo y sorpresa son las cuatro características básicas que definen la greguería. Además de los varios tomos de greguerías, Gómez de la Serna escribió multitud de cuentos, varias novelas, ensayos, biografías, memorias (Automoribundia, su propia autobiografía en 1948) y teatro completamente innovador (Los medios seres, 1929).

Más adelante es imprescindible la figura del chileno Vicente Huidobro (1893-1948), autor de Altazor (1931) y creador y difusor en Europa del creacionismo, que defendía que el poeta es un creador del mundo. Se pretende dotar de importancia al poema en sí y no a los sentimientos del autor. En España destacan Gerardo Diego (Imagen, 1921) y Juan Larrea. De su influencia nacerá el ultraísmo, se basa en la metáfora, prescinde de ornamentos superfluos, usa neologismos y tecnicismos —futurismo—, presenta imágenes chocantes —dadaísmo— y dispone los poemas de forma caligramática —cubismo—. Guillermo de Torre fue su introductor y máximo exponente. Por último, y ya con la producción de la generación del 27, aparece en nuestro país entre 1927 y 1936 la influencia del surrealismo, si bien no tan irracional como el francés, en el que destacaron principalmente los poemarios de Rafael Alberti, Federico García Lorca, Luis Cernuda y Vicente Aleixandre. En Hispanoamérica destacarán también César Vallejo (Trilce, 1922) o Pablo Neruda (Residencia en la Tierra, 1933), con afán nihilista y destructivo.

En definitiva, novecentismo y vanguardias son reflejo estético de una época de nuestra literatura en la que se produce un significativo cambio en los principios ideológicos de nuestras letras y que modificó la producción encuadrada en el modernismo y noventayochismo hasta culminar una nueva Edad de Plata de nuestra historia literaria con la aparición del grupo poético de 1927.